
Una vez más regreso con ánimos de no volver a irme… ya pasaron cuatro meses desde mi ultimo escrito y literal he viajado al otro lado del mundo, pero ya poco a poco les contare todo lo que este año me ha enseñado. Hoy, tengo muy presente algo que les quiero compartir.
Como sabrán, he escrito ya en repetidas ocasiones sobre la maravillosa época en la que me metí de lleno al “fitness”, pero no recuerdo haber hablado nunca del porque es que antes no me había entregado como hasta entonces. Verán, fueron muchas veces antes de enamorarme del spinning que intente formar el habito de ejercitarme en algún gimnasio. Tan solo durante la preparatoria y la carrera tenia la oportunidad de utilizar gratis el de la escuela. Pero lo intentaba unos días y al final lo abandonaba; y la verdad de las cosas es que desgraciadamente no siempre fue por flojera, sino por lo más estúpido que te puedas imaginar; vergüenza.
¿Apoco no? ¿Cuantas veces nos inscribimos al gimnasio, pero después del primer día no volvemos porque sentimos que todos nos ven “raro” y nos sentimos señalados por ser “el gordito” del gimnasio? ¿O presionados por ser el que no sabe usar los aparatos? ¿o por no tener una perfecta rutina de pesas? Pero la noticia señoras y señores; es que no tiene nada de malo ir al gimnasio si estas pasado de peso o si no tienes una rutina perfecta… ¡Au contraire! ¡Buscas ir precisamente por ello! Porque quieres cambiar, quieres mejorar, y por algo tienes que empezar.
Te preguntarás porque ésta entrada lleva el titulo que le di… Pues verás, recuerdo que cuando era un niño, probablemente por ahí de los 11 años, por alguna extraña razón que aún no logro entender mi maestra de ingles nos encargo leer la novela “The Scarlet Letter” (La Letra Escarlata) En resumidas cuentas la historia habla de una mujer, que vive en una sociedad “muy puritana” a la que se le acusa de adulterio, y se le impone como castigo llevar una letra “A” color escarlata sobre su pecho en todo momento. ¿Para qué? para que por el resto de sus días viva la vergüenza publica de ser señalada a donde quiera que fuese por el pecado que cometió.
La razón por la que aún no comprendo el que mi maestra nos dejara leer esa novela a tan corta edad, es porque claramente no es un tema para niños. Y lo entendí después porque jamás he vuelto a leerla y sin embargo siempre la tengo presente. Me dejó impactado o tal vez traumado la historia de dicha mujer, aunque sinceramente no recuerdo en que termina, pero como no es el punto de mi escrito no pretendo investigarlo ahora mismo.
(Pecado = error, falla)
El punto es que, aunque parezca que hoy en día no vivimos en una sociedad “puritana” como las de antes, y que aunque los que vivimos creyendo en la Biblia, no vivimos bajo la ley… De cualquier modo la sociedad, sea cualquiera, sigue tendiendo a señalar “los pecados” de la gente como señal de vergüenza publica. Y lo es tanto que a veces parece que al confesar nuestros errores, a la par nos colgamos una letra escarlata grande y brillante en nuestro pecho, que hace que todos nos volteen a ver y en lugar de apoyarnos, nos hagan sentir mal con el clásico “te lo dije”.
Amigos, les tengo una noticia, por si no lo notaron cuando confesamos un error, ¡YA SABEMOS QUE EQUIVOCAMOS EL CAMINO!
Verán, he procurado no hablar bíblicamente en todo el tiempo que he escrito en este blog, y sin embargo no encuentro mejor manera de resumir aquello a lo que nos quiero animar con este escrito, que citando a Jesús mismo cuando consiguió salvar a una mujer que había sido descubierta en pleno acto de adulterio y a quien según la ley escrita se tenia que apedrear para librar al pueblo de tal mal.
“Que arroje la primer piedra quien este libre de pecado” son las maravillosas palabras de este pasaje… con las cuales consiguió librar a la mujer de su inminente castigo. Pues era evidente que sin afán de acusar, Jesús les recordó a todos los que la señalaban, que ellos también tenían sus propios pecados y que por ello mismo debían tener misericordia para con los demás.
Pero ahí no termina la historia, pues Jesús, quien no tenia pecados, y que refleja el amor de Dios le dice a la mujer “yo tampoco te condeno… ve y no peques más”.
Era evidente que la mujer no podía evitar seguir pecando, si bien no de adulterio, por el simple hecho de ser humana tuvo que equivocarse en repetidas ocasiones antes de morir… Sin embargo, me gusta pensar que a pesar de que Jesús sabia que la mujer probablemente pecaría en lo que le restaba de vida, la libero de condenación, mostrando lo que verdaderamente hace el amor; perdonar y abrazar.
Yo mismo me he enfrentado a la vergüenza en los últimos meses a causa de consecuencias con las que he cargado en mi vida, producto de equivocarme en repetidas ocasiones. Y es por ello que escribo hoy día. Porque no voy a negar que el hecho de que gente a la que quiero me haya señalado, no me haya lastimado en el alma. ¿Cuantas veces nos olvidamos que lo que no es blanco, no es blanco y punto? Es decir, que si tu tienes errores cafés en tu vida, no se diferencian de los errores grises de tu familiar o amigo, en resumidas cuentas ninguno es blanco, ninguno es perfecto.
Pero como hace poco escribí, el que una persona no cambie de la noche a la mañana, no significa que no quiera cambiar con todo su corazón. A veces hay mas en juego de lo que se aprecia a primera vista. Sin embargo es necesario preguntarnos frente al espejo ¿Cuál es la mejor manera de apoyar a alguien que amas en sus errores? ¿Ayudándolo, alentándolo, aconsejándolo y abrazándolo? ¿O señalando, juzgando, y abatiendo?
En mi ultima entrada titulada “AMOR” hablo de mostrarle al mundo nuestra gran capacidad de amar, para poder ser un factor de cambio a nuestro alrededor, para poder ser la sal que cambia al mundo, ¡para poder ser la luz que alumbra en la oscuridad!
Dejemos de acusar y empecemos a creer que todos estamos en esta vida aprendiendo de diferentes formas, en diferentes cantidades, en diferentes frecuencias y lo mas importante, ¡en diferentes tiempos!
Asi como el enfermo necesita del medico y no de la burla, los pecadores necesitamos del amor ¡y no del juicio!
Con la esperanza de no dejar de escribir de nuevo…
También Tuyo,
Alexander L.