El poder del perdón.

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Hace algunos años fui con algunos amigos de la universidad a jugar boliche. Ni siquiera recuerdo quien ganó (probablemente yo jaja) o si de plano estaba tan lleno que ni logramos rentar una línea. Lo que sí recuerdo es lo que sucedió en esta ocasión. La señorita que nos atendió en el mostrador y para rentar los zapatos que necesitábamos, lo hizo de pésimo humor. Y aunque no recuerdo mucho los detalles, fue muy déspota con nosotros. Así que entre mis amigos y yo, y entre nuestra platica con el clásico “¿qué le pasa a esta vieja loca?” decidimos dejarle un pequeño recuerdo.

Cuando se distrajo, tomamos su libreta de recibos y escribimos algo así como “debería dejar de ser tan amargada” (o algo por el estilo). El punto es que en cuanto lo escribimos, dejamos la nota en su escritorio y salimos a toda prisa entre risas y la clásica adrenalina de cuando haces algo que sabes no debiste haber hecho. Claro que la nota no incluyó ninguna grosería, ni fue completamente ofensiva. Era solo el acto de hacerlo y el hecho de haberlo escrito en su libreta foliada (y no la nota en sí) la que nos dio ese “rush” de adrenalina y después de unos minutos, el llamado «cargo de conciencia».

Si quieres pensar que fue un juego tonto, te daré la razón. Incluso estúpido diría yo, pero el punto es que entre juego y juego, decidimos que no podíamos volver al lugar hasta que pasaran algunas semanas. Así que la siguiente vez que a alguno de nosotros se le ocurrió pisar el lugar, lo hizo temiendo que alguien lo reconociera. Ustedes saben, pueblo chico…

¿Qué fue lo que nos hizo decidir mantenernos alejados del lugar? Nuestra conciencia obviamente. Nuestra conciencia por saber que hicimos algo que no debimos hacer en primer lugar. Y no fue sino hasta cuando supimos que nadie nos reclamaría ya nada, que pudimos entrar con libertad al boliche. Es decir, hasta que supimos que en teoría ya no estábamos en deuda con el lugar.

Pero espera, ¿dije deuda? Sí, deuda.

Así como un delincuente al que se le acusa de cierto delito, entra en una DEUDA con el Estado y debe PAGAR cierta condena, multa o fianza para ser liberado de tal acusación. Así mismo, aunque te cueste trabajo creerlo, cuando ofendemos a alguien, entramos igual que un delincuente en una deuda con la persona a la que ofendemos. Incluso si la persona a la que ofendimos no tiene ni idea de que lo hicimos.

Por la otra parte, aquella persona que recibe una ofensa de alguien, al igual que el Estado contra el delincuente, se vuelve acreedor del ofensor. Y tiene la autoridad para liberarlo de dicha ofensa, sea a través de una fianza, una multa, una condena cumplida o incluso por un simple (pero no menos importante), perdón.

Entonces el hecho es que mientras no perdonamos a alguien, mantenemos, muchas veces sin saberlo, a dicha persona en una condena prolongada. Porque esa persona, como establecimos anteriormente, tiene una deuda con nosotros. Y directamente proporcional es cuando somos nosotros los ofensores. Mientras no recibimos el perdón de alguien, y aunque no lo queramos reconocer, estamos en deuda con la persona a la que ofendimos.

El otro día me ponía a pensar que a veces olvidamos que sin importar la edad que tengamos, todos conservamos algo de niños en el fondo. Y así como un niño cambia su actitud cuando sabe que hizo algo mal, aunque intente ocultarlo sus padres siempre sabrán que el niño guarda una culpa. ¿Pero te has fijado qué pasa cuando como padres se habla con los hijos y después de corregirlos como es debido, se hacen las paces? Los niños levantan la cara y “borrón y cuenta nueva”. Pueden volver a jugar como si nada hubiera sucedido. Se saben y se sienten perdonados.

Pues la importancia del perdón es precisamente que después de arreglar cuentas y corregir lo que tenia que ser corregido, se permita a los niños volver a jugar con libertad para vivir su vida y ser felices. Traducido para nosotros como adultos, es lo mismo pero con diferentes palabras. Cuando recibimos el perdón explícito de alguien, reconstruimos la relación que solíamos tener con esa persona antes de que la ofensa ocurriera. Pasamos de estar en deuda (números rojos) a estar iguales, «tablas» como decimos en mi país.

¿Por qué entonces muchas veces no somos capaces de perdonar a las demás personas? ¿Por qué nosotros mismos no nos sentimos perdonados por nuestros errores? Probablemente porque no nos hemos atrevido a pedir perdón por ellos.

¿Y quién en este mundo puede dar algo que no tiene?  NADIE.

El peligro de no pedir perdón, es no sabernos ni sentirnos perdonados.

El peligro de no sabernos ni sentirnos perdonados, es no saber perdonar.

El peligro de no saber perdonar, es lastimar en lo más profundo a quienes amamos.

Mientras no nos atrevemos a pedir perdón y mientras no nos sentimos perdonados, nuestra vida se vuelve una vida oculta. Volvemos a ser esos niños que siguen agachando la cabeza al ver a sus padres porque tienen miedo de revelar que rompieron una taza, que robaron un dulce o que la maestra los castigó. Hacemos de la culpa nuestra compañera de vida.

Es entonces cuando creo que es necesario aprender a ponernos a cuentas con quienes más queremos. Al igual que nuestros padres ya sabían que ocultábamos un error cuando éramos niños; nuestros seres queridos saben que hemos fallado en el camino, pero siguen con nosotros demostrando que nos aman. Demostrémosles que los amamos pidiendo perdón por nuestras fallas. Saldando nuestras “cuentas” con ellos y edificando relaciones cada vez más fuertes.

“La importancia del perdón radica en volver a tener relaciones sanas con las personas a las que amamos.”

Al igual que un hueso que se fracturó y que sanó se vuelve más fuerte en la parte soldada; una relación que se rompió y que sanó correctamente (a través del perdón) será una relación más sólida en adelante. Pero siempre será un error dejar que las heridas, ofensas o deudas sanen de manera incorrecta solo por pensar que ya no es el tiempo adecuado de pedir perdón.

Viviendo en esta humanidad imperfecta, donde jamás dejaremos de cometer errores, aún sin pretenderlos. Debemos entender que la importancia del perdón es igualmente proporcional a la importancia de buscar no fallar más.

El poder de perdonar es sabernos y sentirnos perdonados.

El poder de sabernos y sentirnos perdonados ¡es vivir de nuevo en plenitud!

 

También soy tuyo,

Alexander L.

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