Cuando dejamos de creer en el amor.

preparing

“Yo no nací para amar, nadie nació para mi…”

Así, tal cual dice el buen Juan Gabriel, esta frase fue un estandarte para mí por muchos años. Un estandarte que más que un lema, más que una causa por la cual vivir, era nada más y nada menos que un vil escudo. Pero vayamos planteando un poco el tema.

Es que pareciera que algunos hemos sido tan lastimados constantemente cuando de amor se trata, que cada nueva ilusión parece ser más bien una nueva decepción, cada nueva promesa parece ser una nueva traición y cada beso pareciera tornarse en un desaire. Y es por eso que todos, en algún momento de nuestra vida y bajo algunas circunstancias, decidimos que el amor no es para nosotros. Y juramos a los cuatro vientos que no volvemos a enamorarnos, porque en este punto de nuestras vidas todo parece mejor que volver a sufrir por alguien que al parecer no supo valorarnos.

Llegamos a esta fase casi sin darnos cuenta, obvio después de una ruptura o decepción. Aquí ya no nos acordamos de los buenos momentos, las mariposas en nuestro estómago parecieran jamás haber existido y cantamos a todo pulmón al ritmo de Selena «si una vez dije que te amaba, no sé lo que pensé, estaba loco». De repente tu playlist de favoritas da un giro de 180° y todo lo que escuchabas con, para, o por esa persona, pasó al rincón de obsoletos. Ahora escuchas singles que te inciten a la fiesta, que te hagan olvidar y una que otra que te anime a gritarle sus «verdades» aunque no te escuche.

A todos nos ha pasado y hay muchas formas de tomar la situación, pero yo me centraré en aquella con la que me podría identificar más. Esa en la que si no se pudo con tal persona, “pues ni que fuera la última Coca-Cola en el desierto”. Te arreglas, te vistes mejor que nunca, renuevas tus playlists, y das la cara al mundo.

 «¡AQUI NO PASÓ NADA SEÑORAS Y SEÑORES!»

Qué bueno que nadie puede verte por dentro. Cuando estás solo maldices, luego bendices, lloras y después te alegras, piensas en volver y luego en cortar de tajo, quieres hablarle y después bloqueas todo en tu mente. Maldices otra vez y empiezas de nuevo: reír, llorar, reír, llorar. Un verdadero martirio… Pero afortunadamente y como todo en esta vida, nada es para siempre. Después de unos días, semanas o si quieres meses, viene la resolución. Entramos en otra faceta, aquí volvemos a ser felices, ya no lloramos, ya no nos duele, y sí, tal vez hasta ya perdonamos, pero algo cambió dentro de nosotros. Creemos en el amor porque lo vivimos y porque probablemente lo vemos en alguien más, pero tenemos ahora una convicción tan arraigada a nuestro corazón, como un león a su presa… «El amor, no es para mí»

¡Qué terrible situación! ¿En qué momento dejamos que nuestro corazón se cerrara al amor? ¿Cómo es que, aunque sea por un instante, algo que vivimos unos meses o años venga a querer definir el resto de nuestras vidas? Claro que probablemente no sea así, de hecho muy seguramente no será así. Pero sabemos (porque todos pasamos por ello) que en ese momento así lo creemos, en verdad. Tenemos una convicción dentro de nosotros que grita a todo pulmón: ¡NUNCA MÁS!

Verás, primero quise escribir que muchas pueden ser las causas de esta situación, pero la verdad es que me atrevo a decir que es una y solo es una: es la simplicidad para enamorarnos. Me has leído anteriormente y seguro sabes cuál es mi posición con respecto al amor. Para mis ojos, mi corazón, mi entender y mi razón, el amor es plena y totalmente una decisión. Y una que muchas veces, cuando de pareja se trata, tomamos bastante a la ligera, sin considerar nada más que lo que miran nuestros ojos, escuchan nuestros oídos, y, ¿por qué no?, huele nuestra nariz (hoy mismo respiré el aroma de alguien que hacia fila frente a mi y que me trajo recuerdos de alguien de mi pasado).

Puedes pensar, dependiendo la edad que tengas, que mi punto de vista no es válido por ejemplo, si lo trasladas a un amor de adolescente. Pero discúlpame, mis primeras lágrimas de desamor fueron antes de mis 15 años y aún entonces reconozco que mi corazón era mío, y las decisiones que haya tomado fueron solo mías. Aspectos tan simples y que en ese momento me parecieron “tontos”, como haber escuchado a mi madre cuando me aconsejó, me pudieron evitar ese primer dolor. Por lo que quiero decir que no importan las circunstancias especificas, en realidad cuando somos simples con el corazón, lo somos por puritita convicción.

Así que aunque todo nos dice que algo no está bien y aunque la poca cordura que nos queda sigue gritando enmudecida dentro de nuestra conciencia, ahí vamos con nuestra mejor armadura hidalguense a pelear contra lo que sea necesario. Y cual Don Quijote nos muestra, somos capaces de luchar contra molinos que creemos gigantes con tal de estar al lado de “nuestra persona amada”. Aunque no sea alguien real, o en este caso alguien conveniente; vaya, ¡aunque sea una reverenda tontería! Ojalá entendiéramos que tristemente nadie más que nosotros pagará por nuestros platos rotos.

¿Sabes? Todos hemos vivido decepciones amorosas, de hecho muchas veces, como te escribiré en otra ocasión, son inevitables. Pero esto no quiere decir que vengan como regla general a la hora del amor. Enamorarse no siempre implica decepción, despecho, rencor, odio y olvido; ¡NO! Enamorarse puede ser solamente eso: amar. Así que tampoco caigamos en el “Yo no nací para amar” de nuestro querido Juan Gabriel porque ¡el amor sí existe! ¡Y existe para nosotros! Solo es necesario que, por favor, seamos más prudentes la próxima vez que una cara bonita nos hable dulcemente.

Enamorarnos no tiene nada de malo.

Lo malo viene, cuando dejamos de creer en el amor…

También soy tuyo,

Alexander L.

3 Respuestas a “Cuando dejamos de creer en el amor.

  1. Creo más bien, que aveces elegimos ala persona equivocada, x eso nos lastiman. Y si el amor existe, más no es perfecto, pero te das cuenta cuando esa persona da todo x ti, trabaja incansablemente para que tu seas feliz. Que viva el amor….

    Te quiero primito. Como siempre me encanta todo lo que escribes…..

    Me gusta

Deja un comentario