¿Por qué a mí?

pensamiento

Pues ahí tienes que un día vas feliz por la vida, todo se ve color de rosa y todo te sale a pedir de boca. Y así, sin más ni más, un día de la nada te chocan, te enfermas, muere un amigo, se pierde tu perro, te corta tu novi@ o de plano te diagnosticaron una enfermedad muy grave. Y de la noche a la mañana el panorama que solía ser bastante agradable, se vuelve así o más gris.

Claro está que todos tomamos las circunstancias difíciles de manera diferente. Algunas personas gustamos del drama, unos lloran, otros se deprimen, otros gritan, se enojan, se vuelven ausentes; unos más intentan ignorarlas y algunos las toman como oportunidades. Pero todos, toditos, todititos en algún momento y por la misma naturaleza de nuestra humanidad, nos hacemos mil preguntas alrededor de estas situaciones.

Y la más común suele ser: ¿Por qué?

Esa pregunta es obvia siempre, no solo en lo malo. Desde pequeños queremos averiguar todo de todo. Si no te acuerdas cómo eras, solo pregúntale a tus papás. Seguro te recordarán que vivías en el “¿y por qué?” eterno. “¿Y por qué comemos? ¿Y por qué me tengo que bañar? ¿Y por qué tantas veces? ¿Y por qué debo lavar mis dientes? ¿Y porque deben estar limpios? ¿Y por qué no me puedo dormir así? ¿Y porque tengo que ir a la escuela? ¿Y por qué…? ¿Y por qué? Etc…”. 

Obviamente con la edad cambian las preguntas y como ahora analizamos la vida desde una perspectiva diferente, nos preguntamos cosas más complejas. “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? ¿Por qué se tuvieron que divorciar mis padres? ¿Por qué mi mamá tiene cáncer? ¿Por qué tuvieron que chocar mi auto? ¿Por qué me asaltaron? ¿Por qué estoy enfermo?

Pero si lo pensamos detenidamente, pareciera que la pregunta del ¿Por qué? solo tiene como propósito encontrar un responsable: buscar a quién culpar. Claro, “tal vez así se aligere nuestra carga”. Pero la verdad es que concentrarnos en el porqué de las cosas no siempre nos ayuda a solucionarlas. Realmente muchas preguntas de las que nos hacemos, no las podemos responder nosotros, ni nuestros amigos, ni nuestros padres, ni nuestros doctores y ni aún las mentes científicas más brillantes de la Tierra.

“Hay cosas cuyo origen no es más importante que su propósito”

Hoy me atrevo a preguntarte, creyendo en Dios, ¿realmente será importante saber el por qué de todo? Me pregunto yo si no será mejor maravillarnos con Su grandeza  y confiar en ella, que ofuscarnos por cualquier circunstancia que nos toque vivir.

Me voy a explicar un poco aquí. Hay un pasaje en la Biblia que habla de un hombre que era ciego de nacimiento y se habla de cómo los discípulos de Jesús le preguntaron a su maestro «¿Quién se tuvo que equivocar para que él naciera ciego? ¿Él o sus padres?» Es decir, intentaban saber el por qué de su situación. En aquel entonces se creía que todo lo malo que le sucedía a la gente era por haber actuado mal, así que era entendible su pregunta. Y si bien es cierto que muchas veces nuestras circunstancias son producto de nuestras malas decisiones, el punto de este escrito es responder que pasa con aquellas cuyo origen desconocemos.

Total que Jesús, en contra de todo lo que se pensaba en ese entonces, les contestó que ninguno había errado…«Esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida…” dijo. Acto seguido Jesús lo sana de su ceguera y un tiempo después trae salvación a su vida cuando este hombre reconoce a Jesús como el Mesías. Aquí Jesús quería enseñar que lo importante no era el por qué de su circunstancia (ceguera).  Sino resolver su situación, mostrar la gracia, y llevar el amor, la justicia y el gozo a la vida de este hombre.

Por eso creo entonces que debemos entender que ni Dios ni la vida necesitan darnos un por qué de todo. A veces Dios quiere darnos a conocer el “¿Para qué?” de las cosas¡Piénsalo! Aunque no entiendas la fuerza de gravedad, esta te sirve para que no salgas volando por el espacio y aunque no entendieras tu sistema digestivo, este seguiría funcionando para nutrirte y mantenerte con vida… Dios no necesita que entendamos todo. Si lo hacemos en el camino, ¡qué bien! pero la verdad es que no lo necesita. Él necesita que entendamos para qué suceden las cosas. Pues cuando dejamos el por qué y nos concentramos en el para qué comenzamos a entender que nuestros problemas se convierten en una oportunidad para que el poder de Dios pueda manifestarse en nuestra vida.

Como siempre lo he dicho en este blog, para cambiar nuestra manera de vivir es primordial que cambiemos primero nuestra manera de pensar. Y en este caso lo primero que debemos hacer es corregir y cambiar las preguntas que nos hacemos cuando algo malo nos sucede. Así cuando nos colocamos en una perspectiva diferente, podemos comenzar a ver cosas que antes no veíamos (ver desde fuera del ruedo) y entender para qué nos servirá aquello que hoy en día vivimos. Después de todo “a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan para bien”. ¿Qué no?

Casi para terminar, mencionaré 3 cosas que suceden al dejar de preguntarnos el ¿por qué? de las cosas malas que nos pasan.

  1. ¡Dejamos de vivir como víctimas! («pobrecito de mí, ¿por qué a mí?»).
  2. ¡Dejamos de vivir en el pasado! (“¿Por qué me dejaría mi papá… hace 15 años?»).
  3. Dejamos de tener una visión terrenal ¡para comenzar a tener una perspectiva de fe !(«¿Qué puede hacer Dios aquí, con esto y conmigo?»).

Hay que terminar de entender que Dios no siempre es un Dios de lógica. DIOS hace lo que quiere, cuando quiere, como quiere y de la manera en que Él quiere. Y si bien es cierto que él no hace lo malo, sí tiene el poder de convertir cualquier situación en algo PARA nuestro bien.

¡Tenemos un Dios vivo! ¡Un Dios que no tiene límites! Que no necesita reglas religiosas porque ellas detienen su gracia multiforme. Y mientras las preguntas en nuestra mente muchas veces limitan nuestra visión, Dios toma las cosas normales y las convierte en extraordinarias. ¡Dios puede usar cualquier cosa, cualquier circunstancia y a cualquier persona!

Cuando confiamos en el “para qué” de Dios…

¡Cosas extraordinarias empiezan a suceder!

También soy tuyo,

Alexander L.

*Basado en el mensaje “¿Por qué yo?” de Josué Galindo

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