La ayuda que no pedimos.

hands

¡Hola a todos! Si esta es la primer vez que visitas “También soy tuyo”; ¡Bienvenido! Y si eres un lector recurrente, ¡Gracias por volver!

Verán, llegará el momento en el que revele el porque hago tanta mención a que en los últimos meses pasé momentos difíciles, pero aún no. Por el momento tendrán que creerme que los pasé, y disfrutar la lectura (si es que les gusta como escribo, claro). Pero hoy, te quiero compartir algunas vivencias que experimenté hace varios meses.

Pero para compartirte lo que hoy quiero decir, me voy a apoyar en una parábola que escuche hace mucho tiempo y que me gustó sobremanera. Y que aunque desconozco su origen, o incluso su autor la tomo como cierta.

La parábola dice más o menos así:

«Había un hombre que era un gran creyente de Dios. Una tarde cuando había salido a mar abierto, por azares del destino y de una mala tormenta quedo náufrago en medio del mar. Sin embargo, así en medio de la nada, y sin nada más que la balsa que lo mantenía a flote en la inmensidad del océano, el hombre no perdía la fe. Y sin cansarse le pedía a Dios día y noche que lo salvara, creyendo y esperando que así lo haría él. Al poco tiempo, llegó un barco pesquero cerca de donde el hombre estaba, y le preguntó que si lo podía ayudar. El hombre contestó “no será necesario gracias, se que Dios me va a salvar”. Unos días después, un buque de carga se topó con el hombre de nuevo y preguntó “¿Necesitas ayuda?”- El hombre volvió a responder “No gracias, Dios me va a salvar”. Por tercera ocasión un barco que se encontraba cerca , ofreció ayuda al hombre naufrago y por toda respuesta el hombre volvió a decir que seria Dios quien lo salvaría.

Así, al cabo de un tiempo, el hombre terminó falleciendo por hambre y sed. Y encontrándose en el cielo el hombre que nunca perdió su fe, le preguntó a Dios. “Dios, ¿por qué si tuve fe en ti, no me salvaste?” A lo que Dios respondió “Hijo mío, envíe 3 barcos a rescatarte y a los 3 los negaste…”

Por ahí de enero, sumido en una depresión de niveles nuevos de esos que creo que nunca había conocido. Empecé a recriminarle a la vida, al mundo, a mi familia y más que nada a mi mismo por todos y cada uno de los castillos que en mi mente se derrumbaban, uno a uno, poco a poco… Y te lo platico hoy, porque fue hasta entonces que experimenté en carne propia una conducta que probablemente había visto en muchas personas antes pero que jamás había entendido…

Hay algo extraño cuando alguien se encuentra en un problema que lo atañe a si mismo por sobre todas las demás cosas, y es el hecho de que aunque sabes que necesitas ayuda, y  la quieres desesperadamente… la desprecias. Sí, es ilógico, lo sé, pero es una conclusión a la que he decidido llamar tan certera como el hecho de que la tierra es redonda. Cuando tienes un problema externo, es fácil pedir ayuda, porque de alguna manera te has vuelto una víctima y a veces necesitas que alguien te proteja (o en su caso, te ayude o te aconseje) Pero cuando aparte de ser la víctima, somos los responsables de nuestras propias circunstancias; por alguna extraña razón mientras una parte de nuestra mente pide ayuda, la otra parte parece sentir que no la merece.

Esto nos lleva a que mientras por dentro nuestra alma grita, gime y berrea por que alguien nos abrace, nos consuele y nos escuche. Nuestros brazos repelen el amor del exterior que intenta ayudarnos, cual si de un mosquito en el peor día de verano se tratara.

¡Que bueno sería si el tiempo no pasara!, y en el momento en el que recapacitáramos pudiéramos evitar todo el desastre que vivimos por no dejarnos ayudar como la vida, el universo o Dios lo quisieron hacer… desgraciadamente “el hubiera no existe”. Pero hoy, meses después de haber despreciado de alguna manera las infinitas muestras de amor que tuve por el simple hecho de tener amigos, y una familia a la que pude correr cuando lo necesité (aunque no lo hice), es cuando me doy cuenta que es preciso aceptar la ayuda que se nos brinda si no queremos terminar ahogados en un mar de desesperación y angustia.

“Nada aclara tanto un caso, como exponérselo a otra persona”

– Sherlock Holmes

Se que es difícil intentarlo cuando estamos en medio de un problema porque «la aflicción entorpece hasta al más sabio» Pero si hoy, por azares de la vida estas leyendo este mensaje y sabes que estas atravesando un momento difícil en tu vida. No seas necio y voltea a ver a tu alrededor, ¡siempre hay alguien dispuesto a darte una mano! Y si ya la negaste, solo pídela de nuevo, cuando alguien te ofrece algo de corazón, no lo hace solo por ti, lo hace porque así lo ha decidido desde antes de hacerlo.

Gracias de nuevo por tu lectura…

También soy tuyo,

Alexander L.

Deja un comentario