No te conviertas en esa persona…

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Hoy estoy sentado en la mesa del departamento de una mujer increíble, que por azares del destino hace unos meses se cruzó en mi vida y cautivó mi corazón con su mirada, su sonrisa y su luz. Hoy después de 4 meses de no verla estoy junto a ella en Los Ángeles. Y han de disculpar que hace una semana que no publique nada nuevo en el sitio, pero este viaje que surgió tan inesperado, me dejó un poco descuidado en mis quehaceres personales. Pero heme aquí, publicando algo que ya tenia listo hace también varias semanas, y que por pura desidia no había podido publicar…

Es bien sabido que a todos, parece que por el puro hecho de ser humanos, nos han lastimado en este camino por la vida, de muchas y muy variadas formas y maneras. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos y no está por demás decir claro, nuestras parejas. Aunque con un poco de suerte no quiere decir que todos ellos lo hayan hecho; pero más de uno probablemente lo hizo.

Aunque este escrito no es para hacernos las víctimas y llorar por lo que alguien alguna vez nos hizo. Porque aunque es difícil de entender, lo he repetido muchas veces; ya lo pasado, pasado… Así que no, no es para eso. Más bien hoy escribo para compartirles algo que llamó mi atención en las redes hace algunas semanas.

Verán, hace ya un tiempo venia analizando ciertos aspectos en mi carácter que me incomodaban, y que en algunas ocasiones me llegaron a asustar, pero simplemente no sabia como aterrizar mis pensamientos, no sabia que era lo que estaba pasando. Lo vivía pero no lo entendía por completo.

No he estado contento con mi manera de tratar a mi familia, a mi madre, a mi padre, a mis hermanos, y a mis amigos. Probablemente tampoco a cualquiera que se atreva a proponerme un poco de romance. Pero creo que no había caído en cuenta de lo que me estaba pasando. Actuando más bien en automático en cuanto a mis reacciones, emociones y trato hacia los demás se trataba.

Y un día como cualquier otro estaba yo recorriendo de arriba a abajo mi Facebook, cuando me percaté que alguien publicó una imagen que tenia escrita una frase que me caló en lo más hondo de los huesos:

“No te conviertas en quien te lastimó”

Prometo que creo haber tenido un micro-infarto en el momento en que la leí de reojo, por lo que tuve que regresar a leerla con detenimiento por segunda ocasión. Y todo para que me volviera a caer como un balde de agua helada en la espalda de mi realidad.

¿Te has puesto a pensar cuantas cosas aborrecemos de quienes nos han lastimado? ¿Cuantas actitudes de nuestros padres, de nuestros amigos, de nuestra pareja o hasta de nuestro ex, nos han dolido en lo más profundo del alma y han quebrantado un poco nuestro espíritu y nuestro corazón?

Ese día que de repente leí la frase en el muro de un amigo en Facebook, fue cuando reaccioné que lo que yo tenia, era eso. Me estaba convirtiendo en todas las actitudes que me habían lastimado en el pasado, combinadas en un perfecto Martini de amargura y maltrato, entiéndase yo…

Y es que aunque muchas veces nos damos cuenta de como las actitudes de las personas que nos rodean nos lastiman, y lloramos y les pedimos que cambien, y hasta nos hacemos las víctimas de la situación. Es una realidad que muchas veces también terminamos imitándolas. Imitando los comportamientos, las actitudes  y los tratos de ellos mismos. Lastimando a quienes más queremos, a quienes nos rodean, a quienes la culpa menos tienen. Y de eso no nos damos cuenta tan fácilmente.

Hace 2 días exactamente, le comentaba a la maravillosa mujer de la que te hable al principio lo siguiente: «las personas tenemos más dificultades conociéndonos a nosotros mismos que a los demás»  Y este caso no es la excepción; muchas veces estamos tan concentrados por la espiga en el ojo de nuestros vecinos que no pensamos en la viga del nuestro.

Y entonces pues, ¿Cómo evitamos que esto suceda?

Yo creo que tiene que ser por completo una decisión de actitud y aprendizaje en la vida.

Hace mucho tiempo veía un programa en la televisión, en el que analizaban los comportamientos de hijos de padres que luchaban con alcoholismo, o con alguna otra adicción. Si bien es cierto que muchas veces los hijos tienden a imitar conductas de alcoholismo, también es cierto que hay un gran porcentaje de hijos que decide no tomar jamás en su vida, precisamente por el mismo mal ejemplo que tuvieron en casa. Es decir, de dos hijos creciendo con el mismo padre alcohólico, uno podría serlo y el otro no. Ambos por la misma razón:    “mi padre era un alcohólico”.

Por lo que aunque sea verdad eso de que los patrones que se aprenden y se adoptan. También es verdad que muchas veces es nuestra actitud la que marca realmente la diferencia en nuestra vida. No nuestras circunstancias, no nuestra historia, no nuestra familia, y no nuestra pareja. Y hoy más que nunca tenemos que romper con estos patrones. No desquitemos nuestros corajes, nuestros miedos, nuestros rencores, nuestras angustias, nuestras culpas con quien no tiene ni vela en el entierro.

Aprendamos a sanar nuestras heridas con amor, con gestos de amabilidad, de dulzura, de cariño. Hasta donde yo se, el fuego se apaga mejor con agua, que con fuego…

Y como arrieros somos, y en el camino andamos, por ultimo voy a dejar esta frase aquí:

«Tal vez no este donde quiero estar, pero gracias a Dios no estoy donde estaba»

También soy tuyo,

Alexander L.

 

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