
Una vez cuando era pequeño, mi madre me enseño una gran lección:
“Una vez que se pierde la confianza de alguien, es muy difícil recuperarla“
Ganar la confianza de alguien, toma su tiempo, pero la mayoría de las veces este tiempo nos pasa inadvertido, pues es durante el mismo tiempo en el que nos volvemos amigos de esa persona, o el tiempo en el que comenzamos a tomarle cariño. El problema no es ganarla en un principio, el problema surge cuando muchas veces aunque no nos demos cuenta, hacemos hasta lo imposible por perderla. Y cuando la queremos recuperar, si es que lo logramos, nos parece eterno el tiempo que se toma.
A veces nos encontramos en un punto en el que criticamos, juzgamos, no estamos de acuerdo, o aún peor, nos hemos conformado con tener ciertas circunstancias en nuestra vida que nos inconforman… que nos molestan. Y de una forma irónica hasta les tomamos sabor. Muchas veces no solo no nos damos cuenta que la mayoría de estas circunstancias nosotros mismos las propiciamos, sino que parece que no tenemos la mínima intención de hacer algo por cambiarlas.
Pensamos que así nos tocó vivir; y frases como “nunca me dejarían”, “nunca me va a alcanzar”, “nunca saldría conmigo”, «nunca voy a cambiar», son solo algunas de esas con las que nuestro vocabulario y nuestra mente están llenos. Estamos a rebosar de pensamientos como “mi esposo jamás es detallista” “mis padres no me dejarán ir a ese viaje” “jamás podré irme de mi casa” “nunca me tendrán confianza” que nos aturden y no nos dejan avanzar.
Nos enojamos tanto cuando las circunstancias “nos atacan”, cuando somos “las víctimas” pero jamás vemos que muchas veces fuimos los victimarios en primer lugar. No ubicamos que el “autor” de estas situaciones, somos en gran medida nosotros mismos. Nos fijamos cuando nos niegan un permiso, pero no recordamos que fuimos nosotros los que no respetamos las condiciones del permiso pasado. Nos molesta que no nos presten un auto, pero no consideramos que nosotros lo tomamos sin permiso la semana pasada. Nos molesta que no nos den permiso de faltar al trabajo, pero no recordamos que hemos llegado tarde las últimas 3 semanas. Odiamos a los profesores que jamás permiten trabajos para créditos extras, pero aún sabiéndolo no nos esforzamos durante el semestre.
«Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe…»
En la empresa donde antes trabajaba, se maneja un excelente programa llamado “Safe-Start”. Es un programa de seguridad, que se enfoca en la prevención de accidentes. Y su fundamento es que «más del 90% de los accidentes se pueden evitar», pues desde el principio dependieron enteramente de nosotros.
Este programa señala algunos puntos que te ayudan a identificar si te ubicas en una zona de riesgo donde tus probabilidades de sufrir un accidente se disparan. Es simple, si evitas estas zonas, evitas el accidente, ¡Fácil! Pues desde que conocí este programa yo lo intento llevar a todas las areas de mi vida, y en especial a este tema del que te hablo hoy. Muchas de estas circunstancias o situaciones que hacen nuestra vida más complicada, las podríamos evitar si tan solo identificáramos las zonas de riesgo desde un principio.
En un sencillo ejemplo te lo pongo así, piensa en esto:
– De 100 personas que manejan a exceso de velocidad, solo 10 sufrirán un accidente automovilístico (10%)
– Pero de 100 accidentes automovilísticos, 60 fueron causados por exceso de velocidad (60%)
Suena algo confuso, pero es muy sencillo en realidad. Tienes menos probabilidades de sufrir un accidente si evitas la zona de riesgo. Si no quieres estar encerrado en una oficina 10 horas, no busques un trabajo a puerta cerrada. Si no estás conforme con pagar tantos impuestos por tu automóvil, compra uno más económico. Si no quieres ver esa lonjita en el espejo, cuida tu alimentación. Si no quieres caer en el alcoholismo, no te alcoholices siempre que puedas. Si no quieres caer en la drogadicción, no consumas drogas. Si no quieres un embarazo no deseado, o una ETS, ¡protégete! Si no quieres batallar con hijos, no los tengas. Si no estás dispuesto a serle fiel a tu pareja, no te cases.
Y es aquí donde encuentro el punto de este escrito…
“La vida es tan complicada, como cada uno decide complicarla”
Esas cosas de las que nos quejamos, esas complicaciones que vivimos; esos sinsabores que nos da la vida, muchas veces nosotros los provocamos, y somos nosotros también, quienes los podemos evitar. Es lógico que si tus padres han visto que vuelves borracho de las fiestas, duden en prestarte su auto para salir. Es lógico que si tú no eres detallista con tu pareja, o aún, si no has sabido agradecer sus detalles, tu pareja ya no sea detallista contigo. No entendemos porque nuestra familia duda de nosotros, pero no recordamos que fuimos nosotros los que los engañamos, los que les mentimos… y así una infinidad de ejemplos de acción-reacción.
Si esperas que tus padres siempre tengan confianza en ti, demuestra que eres digno de confianza, no solo donde te vean, sino hasta donde no te ven. Si quieres llevar un matrimonio estable, sin dramas, no des motivos para el drama. Si quieres que los bancos no te molesten con llamadas para cobrarte cada 15 días, no tomes deudas, o págalas a tiempo. Si no quieres que te llamen la atención por llegar tarde a la oficina, levántate media hora antes, y así miles de combinaciones más.
Es cuestión de práctica… No soy ni un santo ni alguien a quien admirar, pero lo digo por experiencia propia. Cuando por fin nos cae el veinte, y empezamos a asimilar esto de verdad, empezamos también a dejar el conformismo del «así me toco vivir» y cuando cambiamos nuestra manera de pensar, nuestra manera de vivir inevitablemente empieza a cambiar. ¡Aprendamos a tomar las riendas de nuestra vida!
Solo entonces nos vamos a dar cuenta que en realidad; la vida es tan complicada, ¡como nosotros decidamos complicarla!
También soy tuyo,
Alexander L.