¿Será que soy la única que encuentra cada vez más complicado el arte de la conversación? ¿O simplemente será la química en las relaciones humanas?
Con frecuencia sucede que me siento culpable por terminar agobiada ante una conversación, distraída y sin ganas de continuar con contestaciones cortantes o “dando el avión”
Califico de egoísta el hecho de que una conversación se convierta en un monólogo, una constante suma de frases donde el único sujeto es la persona que tiene la palabra, y por más que tratas de crear un hilo invisible que una la conversación parece simplemente imposible. Únicamente hay un yo, después yo y al final yo. Entonces comienzo a dispersarme en el ambiente, a buscar una pareja conviviendo distraídamente en sus teléfonos, una familia compartiendo su ubicación en Facebook o un par de amigas tomando un boomerang del fantástico platillo que tienen en frente. Escucho detenidamente el grupo de jazz que toca en la esquina y regreso a la conversación en curso, igual que en donde la dejé.
Se nos está olvidando el arte de convivir, la habilidad de mirar a los ojos e intuir el rumbo de la plática, nos estamos volviendo tan egoístas que esperamos siempre que la conversación gire en torno a nosotros. ¿O será simplemente que en realidad sí necesitamos que alguien nos abrace sin necesidad de tocar el cuerpo? Abrazar con las palabras, abrazar el alma que tenemos tan dispersa, incapaz de incorporarse al cuerpo mientras estamos presentes.
Creo que es la razón por la que últimamente me cuesta tanto dejar partir a las personas que van llegando, con quienes disfruto platicar horas. Aquellos que son los primeros que pienso cuando sucede algo importante, el primer contacto que llamo al sufrir un accidente, esa persona que me hace reír cuando tengo ganas de llorar, a quien tengo en frente y no me importa si se está derrumbando un edificio al lado porque me parece suficiente el escaso espacio entre los dos como para poner atención en el resto. Y quizá ese sea el mayor problema; buscar en la gente trozos de las personas, retratos del rostro que no precisamente se construye de rasgos sino de recuerdos, buscar siempre revivir conversaciones que no pueden ser reconstruidas.
Quizá al final de cuentas el único ser egoísta soy yo, que siempre espero encontrar en una conversación el refugio perfecto para abrigarme de la indiferencia que vaga constantemente. Que busca identificar la fórmula de la química que encuentro en las personas que se evaporan, me hace falta sentirme atraída por las cosas permanentes y prestar menos atención a aquellas que solo son temporales.
Dejemos de buscar fantasmas pasados en seres que viven y caminan a nuestro lado.
Hasta la próxima,
Nancy G.