Cicatrices en el Corazón

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Ahora que lo analizo jamás pienso en esto, debió ser traumático. Cuando era niño utilizaba el transporte escolar por así convenir a mi familia.  Un día, cuando tenía 7 años mientras iba ya en dirección a mi casa, tuve un percance que me marcó significativamente. La verdad es que no recuerdo el por qué. Solo recuerdo que una niña mucho mayor que yo me rasguño el dorso de mi mano derecha llevándose un buen trozo de mi piel, hubo sangre y tal vez mucho drama, aunque juro que no recuerdo los detalles.

La herida naturalmente empezó a sanar, pero la marca parecía no desaparecer. Nunca le había prestado tanta atención a una herida en mi cuerpo. Al paso de los días quedó una cicatriz que llevaría en la mano desde ese momento en delante. Recuerdo que pasaba horas enteras observándola, pensando en cómo había cambiado la apariencia de mi mano. En cómo había venido incluso a ser parte de mi personalidad, una marca a esta edad después de todo siempre es significativa.

La señora encargada del transporte siempre tuvo un cariño especial por mí, y le dolió sobremanera lo que me paso a su cuidado. Nunca voy a olvidar lo que en una plática con ella, con sentimiento me dijo:

“Las cicatrices son para siemprecuando estés viejo vas a seguir teniendo esa marca en la mano”.

Esa frase se quedó grabada en mi mente.

Me he puesto a meditar en que así como esta, tenemos muchísimas cicatrices, unas más grandes que otras y unas incluso más visibles. Supongo es natural, con el crecer se quedan para dejar huella de tu vida misma. Pero, ¿y las cicatrices que no podemos ver?, sí, porque nuestro cuerpo es una cosa, pero no es todo lo que nos conforma. El pasar de la vida, o de los años, también deja su huella en muchas partes más. Y  entre las muchas otras, también tenemos cicatrices en el corazón, que son de las que quiero hablar.

Una cicatriz es la marca que queda después de una herida, que fue lo suficientemente profunda para dejar su huella una vez que sanó. Y en nuestro corazón tenemos también, aunque no visibles, estas cicatrices; todas y cada una a consecuencia de miles de heridas diversas. Pero no, no te voy a hablar de heridas de malos amores. En el corazón normalmente llevamos cicatrices de lo que mucha gente “nos ha hecho” e incluso de lo que nosotros mismos nos hacemos.

¿Has escuchado que “perdonar es olvidar”?  Hay gente que se opone a esto diciendo que solo olvidan los que tienen “Alzheimer” y que solo Dios perdona. Pero yo me opongo a esta negatividad. Hablando del olvido, yo no creo que esta verdad se refiera a lograr tener una laguna mental selectiva y borrar a capricho recuerdos específicos. No, creo que olvidar se refiere más bien a “no recordar más”, a “no traer a memoria”  a no estar día a día masticando recuerdos que no nos traen nada bueno.

Y eso del perdón, me remito a mi escrito «El poder del perdón»

Y es que aunque se lea tonto, déjame decirte que todo lo negativo que se queda presente en nuestra vida, se queda presente porque NOSOTROS lo mantenemos presente. A veces nos aferramos tanto a estas heridas que pareciera que de alguna forma disfrutamos el dolor, disfrutamos la melancolía, disfrutamos el no crecer, el no avanzar. Pareciera que llevamos una mochila donde guardamos cada ofensa que nos ha pesado. Y vamos por la vida cargando estas heridas como “souvenirs” que incluso tendemos a mostrarle a medio mundo.

Seguramente te has topado con alguien mientras conduces, que histéricamente te grita alguna ofensa, sin importar la razón. Hoy mismo me pasó esto, y si bien no siempre me pasa igual, hay ocasiones en las que un evento así en la mañana me arruina el resto del día. Y la verdad es que reconozco que es bastante triste, después de todo, he permitido en este punto, que un evento de 2 minutos arruinara las 15 horas restantes de mi día. Te has preguntado ¿cuantas personas más, en el mismo transito vial, te han ofendido dentro de sus carros y tú ni en cuenta? ¿Por qué no te lastiman igual estas ofensas? Si en ambos casos la otra persona te ofendió. La respuesta es obvia, lo sé: “porque no las escuchamos”

Pues por obvia que parezca la respuesta, nos dice más que las palabras. Nos dice que las ofensas pueden ser lanzadas, la gente puede lastimarnos, por error o incluso con toda la intensión de su corazón, y dependiendo el tamaño de la herida pueden llegar a marcarnos y dejarnos una cicatriz. Pero no podemos decidir vivir abrazando estas cicatrices toda la vida. Así como no es lógico que si te espera una caminata de 8 horas decidas llevar una mochila con 30 piedras “solo porque si”, tampoco es lógico que decidas vivir el resto de tu vida pensando todos los días en lo que te sucedió a los 15 años.

Hoy en día, mientras escribo esto, miro mi mano y me doy cuenta que las cicatrices en verdad pueden no desaparecer, pero no son para siempre, al menos no en la misma manera. La mía misma es apenas un vestigio de lo que un día fue. Apenas visible si prestas atención. Por esa misma razón estoy convencido de que si bien las cicatrices marcan lo que fue, no están destinadas a marcar lo que es, y mucho menos lo que será.

“Si el pasado te llama, no atiendas; no tiene nada nuevo que contarte”

Lo que te ha pasado en la vida, ya nada ni nadie lo puede cambiar, ni Dios mismo. Porque aún los cambios que Dios hace, vienen de AHORA en adelante. Y es de ahora en adelante en que tenemos que decidir despertar cada mañana y quitarnos el hábito de recordar lo que me hicieron mis papás, lo que me hizo mi ex, lo que yo mismo me hice, lo que deje de hacer, lo que no estudié, a quién ame, y a quién no ame.

Es momento de despertar y vivir este día, sin voltear a ver las cicatrices que el pasado nos dejó.

También soy tuyo,

Alexander L.

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