
Hace ya casi 2 años viaje a un pueblo que se llama Real de Catorce, con una de mis mejores amigas. Solo viajamos ella y yo, nos fuimos 3 días a un pueblo que no tiene más que calles empedradas y mucha, mucha tranquilidad. Decidimos ir a relajarnos y alejarnos de todo y de todos por un fin de semana. Fuimos a tomar algunas fotografías a unas ruinas de lo que alguna vez fueron las instalaciones de una gran mina. Y entre mi avidez decidí que subirme a un muro de algo así como 2 metros sería una buena idea para lograr algunas tomas en lo que era un ventanal.
Pues subí con facilidad, salté desde otro muro un poco más bajo, y en un dos por tres ya estaba yo arriba posando para las fotos. Así estuve unos minutos, hasta que llegó la hora de saltar para continuar con el recorrido… No sé qué pasó, pero no pude saltar.
Créanme, he saltado de lugares mucho más altos, he estado en acantilados que a muchas personas les daría un vértigo de muerte, pero algo pasó en una fracción de segundos, que no me dejó saltar al suelo. No era nada del otro mundo, y yo lo sabía, mi amiga misma me lo estaba repitiendo, pero algo se apoderó de mí y no pude saltar durante unos 5 minutos.
Me reía de mí mismo por la ironía que estaba viviendo, sabía que tenía que hacerlo, de alguna forma llegué hasta ahí, y no implicaba mayor esfuerzo el saltar. Luego de unos 5 minutos logré saltar, aunque aún no sé cómo junté la convicción necesaria de hacerlo, yo en verdad estaba considerando ya quedarme ahí para siempre.
Pues después de un tiempo esta pequeña experiencia me sirvió para analizar muchos aspectos de mi vida. Paralizado y con alas cortadas, a veces me encontré sin muchos ánimos de continuar o si quiera de emprender cualquier cosa distinta. Logrando ver el suelo a no más de 2 metros de mí, sabiendo que he hecho cosas mayores, y sin embargo algo dentro de mí se apoderó de mis decisiones, de mi voluntad y no me dejaba avanzar. Duelo, le he aprendí a llamar.
Un duelo que me mantuvo prisionero por tanto tiempo, que a la par en que me dio su negación, su ira, su negociación, su depresión y su aceptación, se llevó meses de proyectos entre sus manos, se llevó sueños, anhelos, motivación y tanto amor que solía llevar en mi corazón.
¿Te has sentido así? ¿Con un miedo paralizante que parece que echó raíces muy profundas en tu mente y en tu corazón?
A veces tenemos las alas para volar, pero alguna situación nos dejó pensando que si nos aventamos podríamos no volar como antes y salir peor de lastimados. Y entonces no nos damos cuenta que quedarnos en el nido, o en la barda en la que estamos no nos hace ningún bien. Ese no es nuestro lugar, y es necesario que cuanto antes juntemos la fuerza para lograr saltar al abismo y esperar lo mejor. Aprendamos a volver a pedir un empujón si es lo que necesitamos, a veces no necesitamos recursos, ni siquiera una mano que se nos extienda, a veces lo único que necesitamos, son ánimos, ¡la motivación necesaria para darnos cuenta que saltar no esta tan descabellado!
También soy tuyo,
A.L.