Mi orgullo y yo…

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Hubo un tiempo hace varios años; que si de algo me jactaba, era de él. Afortunadamente terminamos también hace algunos años; decidí que lo nuestro ya no iba a funcionar. Preferí el dolor en mis dos mejillas, que el dolor en mi pecho y en la boca del estómago.

Y es que entre él y yo, formamos una de las relaciones destructivas más grandes de la historia. No la única seguramente, pero sí la más. Tantos años estuvimos juntos… en algún momento fue mi mejor amigo, mi aliado, mi cómplice y hasta el único que parecía ayudarme. Pero llegó el día en que me di cuenta que me engañaba; me engañó todo el tiempo que estuvimos juntos. Él quería todo de mí, pero a la par me alejaba de las personas que quería. Me separó de mi familia, de mis amigos, de mis sueños y de mis anhelos. Si tan solo lo hubiera sabido…

Lo que quiero que sepas, es que él es tan discreto… tan astuto. Te habla al oído con fervor y con tal convicción a sus ideales; que sin luchar si quiera, logra convencerte de actuar como a él mejor le parezca… Terminamos porque un día me di cuenta que estar con él  era reír en público y llorar en mi soledad. Era saltar frente a las personas y caer de boca al cerrar mi puerta. Si en el pasado he escrito de relaciones destructivas… hoy escribo de la peor.

Mi orgullo y yo…

No puedo ser el único que ha tenido sus “queveres” con él, claro. Muchos estamos tan acostumbrados a él desde pequeños, que aprendimos a verlo como parte normal de la vida de las personas. Al crecer con él desde pequeños, es lógico y casi entendible que ocupe un lugar aún más importante de lo que pensamos en nuestro corazón. Hay personas que están tan apegadas, o aferradas a él; que aún de manera inconsciente lo colocan por sobre todas las circunstancias que los rodean. Sobre aquellos a los que aman, o sobre quienes los aman; sobre sus trabajos, sobre sus habilidades, sobre sus padres, sobre su propia dignidad y por ende, por sobre ellos mismos.

Creo que incluso crecimos aprendiendo a verlo como una forma de “valorarnos”, o incluso tal vez, como una señal de “autoestima”… Crecimos coqueteando y confiándole nuestra vida poco a poco. Volviéndonos amigos, estableciendo a veces sin saberlo siquiera, una relación cada vez más fuerte. ¡El orgullo es razón de alzar el mentón después de todo! Tener orgullo es valorarte; tener orgullo ¡Es amarte a ti mismo!

¡QUE MENTIRA MÁS GRANDE!

El orgullo es por excelencia el antagonista del amor, así que cualquiera que diga que tener orgullo es sinónimo de amarse a si mismo, ¡miente! Después de todo, cuando leemos que «El amor no busca lo suyo» entendemos que el amor encuentra su vida misma en entregarse a si mismo. Que el Amor no se trata de lo que quieras recibir, sino de lo que estés dispuesto a dar. Y siendo el orgullo aquel que está detrás del odio, las ofensas, el rencor, la soledad, la falta de perdón, y los pleitos; entendemos que cuando nos movemos por orgullo, asfixiamos el amor que llevamos dentro. Y es precisamente esto lo que lo vuelve tan peligroso.

«Yo no soy juguete de nadie», «Yo no voy a estar viendo caras», «Yo no necesito favores», «Yo no necesito su dinero», «Yo necesito una mujer que me entienda», «Yo necesito un hombre que me escuche», «Yo…», «Yo…»  

¿Por qué dije al principio que preferí el dolor en dos mejillas que en el pecho, o en la boca del estomago? Porque nos duele una mejilla con una ofensa, y dos si nos tragamos la ofensa. Pero cuando el orgullo se hace presente, nos duele ahí, en el pecho; cuando alguien «ofende nuestro orgullo»  viene un dolor a nuestra boca del estomago (ve tu a saber de donde) que nos dice «no te dejes». Y en lugar de poner la otra mejilla, el orgullo aprovecha y nacen todas las  frases  que escribí arriba, y que tienen como común denominador al afamado «YO». Pero  aunque todas las frases de arriba estén en primera persona, la realidad es que detrás de todas estas frases, que parecieran estar pensadas en  y para ti; el último que está contemplado, eres tú.

Entonces:  ¿A dónde nos lleva el orgullo?  ¿Qué nos deja?

No voy a negar que a veces hacemos cosas «por puro orgullo», que nos han dejado victorias. Pero no confundamos, ganar una batalla no es ganar la guerra; hay personas que «por puro orgullo» en un choque prefieren enviar su auto al corralón, que arreglarlo en el momento. Hay quienes «por puro orgullo» no perdonan a sus padres después de 15 años, quienes «por puro orgullo» no vuelven a hacer lo que aman con tal de no dar su brazo a torcer en su familia, o de no aceptar un error.

Entonces ¿a qué costo ganamos estas pequeñas victorias? ¿Cuantas veces conseguimos lo que buscamos movidos por algo equivocado; y como dice el dicho “nos sale más caro el caldo que las albóndigas”? ¿No has comprobado que el orgullo te decanta lejos de las personas que amas?

¿Has estado en la misma relación que yo? ¿Te has puesto a pensar qué es lo que dejas atrás por seguir con él? ¿Realmente es la relación que quieres mantener «hasta que la muerte los separe»? Tal vez es tiempo de que decidas terminar con la peor relación que puedes tener en tu vida. Ámate, ama a tus seres queridos, y ¡déjalo de una buena vez!

«Vencer el orgullo no es sencillo, pero igual que nos dijo Darwin en «el origen de las especies», aquí, como en cualquier batalla, sobrevivirá el más fuerte. Somos  nosotros quienes debemos tomar la decisión de la cual debemos alimentar y fortalecer en orden de que el otro perezca. Pequeños actos de amor, o de vanidad decidirán el final de este épico encuentro»

– Myke Porthos

También soy tuyo…

Alexander L.

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